diciembre 2, 2020

Teresa de la Parra, valiente ayer y hoy

Seis años antes de que Virginia Woolf publicara Una habitación propia, esta venezolana ya denunciaba en su literatura la doble moral de la sociedad que reducía a las mujeres a ser un objeto decorativo

En el álbum de las heroínas y mártires del feminismo venezolano sobresale el nombre de Teresa de la Parra. La escritora que retrató en sus textos la sociedad patriarcal y conservadora de principios del siglo XX fue la primera criolla que se atrevió a denunciar la camisa de fuerza simbólica con la cual el entorno domesticaba a las féminas de su tiempo.

La valentía de su voz, que tiene plena vigencia, siempre vale la pena de ser recordada, especialmente cuando de nuevo se conmemora el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Su nombre completo era Ana Teresa Parra Sanojo. Se reivindicó siempre como venezolana, pero por cosas del destino nació en París, el 5 de octubre de 1889, y gran parte de su vida la vivió en el extranjero. Era hija del diplomático Rafael Parra Hernáiz y de Isabel Sanojo Ezpelosín, quien como dirían en el Miss Venezuela, era una “distinguida dama de la sociedad caraqueña”.

Su pedigrí databa de generaciones. Su tatarabuela Teresa Jerez de Aristeguieta era prima del Libertador Simón Bolívar y madre del general Carlos Soublette.

Cuando tenía dos años de edad su familia retornó al país y se radicó en la hacienda familiar cercana a Tazón, en los alrededores de Caracas.

Se esperaba de ella lo mismo que se esperaba de todas las señoritas de su tiempo y su alcurnia: un buen matrimonio y una prole abundante, pero lejos de eso, Ana Teresa comenzó a trabajar como periodista, a estudiar, a escribir, a viajar y a juntarse con la gente del arte y las letras, quienes igual que ella tenían gran avidez por expresar sus inconformidades con una cotidianidad que la asfixiaba, basada en las apariencias, en las modas importadas de Europa, y que consideraba a las mujeres como meros objetos decorativos.

Como lo diría luego el primer título de su primera novela, Ana Teresa era en este escenario “una señorita que se fastidiaba”, y decidida a hacer algo al respecto, puso manos a la obra y escribió su sentir. El haberse adjudicado una voz disonante, peligrosa, que a pesar de todo pronóstico pudo circular y hacerse oír e incomodar, fue su primer logro feminista.

Debido a su prematura desaparición, su producción literaria no fue tan abundante como pudo haberlo sido. Dejó solo dos novelas y una cantidad importante de cuentos, discursos y documentos epistolares. Teresa tuvo apenas dos décadas para escribir, y fue en la segunda cuando profundizó en el tema de la mujer. Los primeros diez años los dedicó a conseguir su estilo literario escribiendo relatos con los cuales moldeó un estilo.

La habitación propia de Teresa. En 1915, con 26 años y utilizando el pseudónimo de Fru-Fru, publicó sus primeros relatos: Un evangelio indio: Buda y la leprosa y Flor de loto: una leyenda japonesa. Cinco años después ganó el concurso de cuentos del diario El Luchador con Mamá X, la historia que serviría de génesis a su primera novela, Ifigenia, que a su vez tuvo como primer título Diario de una señorita que se fastidia, de inspiración autobiográfica y en donde se vuelca a contar, con una prosa ficcionada, cómo es que las mujeres son subalternizadas e infantilizadas en la sociedad de la que ella es parte.

Usando el seudónimo de Fru-Fru publicó sus primeros relatos en 1915
La novela ve la luz en 1923, seis años antes de que Virginia Wolf publicara Una habitación propia, 26 antes de que Simone de Beauvoir irrumpiera con El segundo sexo, y exactamente con cuatro décadas de adelanto a Betty Friedan y su best seller La mística de la feminidad.

Visto en restrospectiva fue un libro de vanguardia. A través de la historia de su protagonista, María Eugenia Alonso, Teresa ya esboza lo que estas otras tres autoras proclamarían años y décadas después: que la mujer estaba presa en la cárcel de la sociedad, cuyas estrictas normas morales aplicaban un doble estándar que diferenciaban los roles masculinos y femeninos, limitando a las mujeres a una vida de servicio y renunciamiento.

Para que el mensaje fuera más explícito, Teresa le cambió a última hora el título a la novela y la llamó como a una mártir de la mitología griega que es pedida en sacrificio para continuar la marcha a Troya. Su nombre, Ifigenia, significa “mujer de raza fuerte”, y dado que el libro no es más que un relato autorreferencial, es así como ella se bautiza a sí misma: la que resiste, la que no se doblega, la que vence.

Como era su intención, el libro incomodó y levantó revuelo en todas las esferas, llegando incluso al dictador Juan Vicente Gómez, quien hizo lo posible por boicotear su circulación.

“La crítica que encierra contra los hombres y ciertos prejuicios hizo que en mi país la recibieran con algún mal humor. Algunos círculos ultra católicos de Venezuela y Colombia creyeron ver en ella un peligro para las niñas jóvenes que la celebraban al verse retratadas en la heroína con sus aspiraciones y sus cadenas.

La novela fue atacada y defendida con gran exaltación en diversas polémicas, cosa que contribuyó a su difusión”, escribió la propia Teresa en 1931 en una carta al profesor colombiano Carlos García Prada.

Ifigenia hizo que el nombre de Teresa de la Parra se hiciera famoso en toda América Latina y en España. Miguel de Unamuno dictó una conferencia sobre la novela y el texto le valió una cercana amistad con Gabriela Mistral de la cual da cuenta un amplio intercambio de cartas.

En 1929 publica su segunda novela, Memorias de Mamá Blanca. Ambientada en la fabulada hacienda Piedra Azul, este relato también tiene como materia prima las vivencias de Teresa y es igualmente una denuncia a los roles impuestos a la mujer dentro de la familia, aunque en apariencia va en dirección opuesta a Ifigenia.

Sus libros hablan del papel de la mujer en la sociedad de su tiempo

Mientras su primera novela habla desde la rebeldía de su protagonista, la segunda habla desde el estatus quo de las mujeres dentro de la estructura familiar tradicional. Ifigenia denuncia desde la resistencia, Memorias de Mamá Blanca denuncia desde el retrato de la realidad, y eso no fue comprendido del todo por las lectoras de Teresa, muchas de las cuales quedaron decepcionadas al pensar que con este nuevo libro la autora había claudicado en sus posturas insumisas y revolucionarias.

La voz propia de Teresa. La agenda feminista de Teresa de la Parra no se limitó a la escritura. La fama que le dieron sus textos le valieron algunas invitaciones a participar como conferencista en eventos internacionales. A estos foros llevó sus posturas sobre la situación de la mujer, así no fuera ese el tema principal del encuentro.

Por ejemplo, en 1927 fue a Cuba para participar en un congreso sobre Simón Bolívar. Allí ella llevó la ponencia «La influencia oculta de las mujeres en la independencia y en la vida de Bolívar». Frente a historiadores y catedráticos de todo el continente Teresa cumplió con una proeza inédita: revalorar el esfuerzo de tantas féminas, en su mayoría anónimas, sin las cuales el ejército bolivariano jamás hubiera logrado la hazaña de lograr la emancipación.

En 1930 viajó a Bogotá con el mismo propósito. Allí presenta tres disertaciones agrupadas bajo el título «Influencia de las mujeres en la formación del alma americana», donde hace un recorrido histórico por la participación de la mujer en las distintas etapas históricas y áreas del conocimiento y el saber en el continente.

En la primera de estas ponencias se refiere a Ifigenia y dice: “Disgústense o no los moralistas, la crisis por la que atraviesan hoy las mujeres no se cura predicando la sumisión, la sumisión y la sumisión, como se hacía en los tiempos en que la vida mansa podía encerrarse toda dentro de las puertas de la casa”.

La tuberculosis cegó la vida de Teresa en el 23 de abril de 1936, cuando solo tenía 46 años. Fue sepultada en Madrid, donde falleció, en 1974 sus restos fueron repatriados a Venezuela y enterrados en el mausoleo de su familia ubicado en el Cementerio General del Sur de Caracas, y en 1989, a propósito de su centenario, fue nuevamente exhumada y trasladada al Panteón Nacional, donde hoy reposa.

En el Parque Los Caobos de Caracas hay una estatua que le rinde tributo
Teresa de la Parra vivió y escribió cuando la ola sufragista de Estados Unidos e Inglaterra comenzaba a ver sus frutos. Su feminismo no está expresamente inscrito en una “ola” ni en una corriente, pero en el contexto de la Venezuela que vivía el gomecismo y el inicio del boom petrolero, su clamor fue atrevido y estruendoso. Y sigue siéndolo hoy, a las puertas del centenario de Ifigenia.

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